A pie

mástereninsomnio

Pasar tantos meses sin cámara a mi alcance 24/7 me ha hecho pasar ojeando con más detenimiento la vida.

Desde ya estoy extrañando esta ciudad que he ido conociendo de a poco, casi siempre a pie y a veces, cuando no me da miedo causar un accidente por mi despiste, en bici.

Ayer volví a tener acceso a una cámara y eso me dio un impulso alegre pero extraño porque no suelo ser de energías escandalosas. Tenía planeado ver el atardecer frente al mar y, de paso, tratar de filmar algo para completar un tereque de mi tesis. Esta playa da al este, el atardecer ocurriría a mis espaldas, algo nuevo para mí. No iba a ser la primera vez en La Malvarrosa, pero sí el primer atardecer que vería ahí.

Según mi cursilería, en esta época del año los atardeceres tienen su punto de máxima emoción a eso de las 8:30 PM, por lo que planifique estar ahí hasta las 10 PM. A las 7 PM llegué a la estación de tren de El Cabanyal, dejé la bicicleta prestada en la estación de Valenbisi que está junto a la puerta trasera y caminé en dirección a la playa. Cuando crucé una de esas calles coloridas del barrio aquel, una mujer de unos sesenta y pico años sentada en una silla en media vereda me dijo “¡hola!”, con una espontaneidad y una confianza que me conmovieron. Tenía una voz grave, de una textura hermosa. Le miré a los ojos con sorpresa, le sonreí y le saludé de regreso, con un cierto retraso pero con alegría. En estos meses de soledad y ensimismamiento burocrático me han resultado extremadamente bellos y necesarios encuentros e intercambios de calor humano como este.

Caminé hacia el este hasta llegar a la playa. Estuve tres horas frente al mar, gocé, estuve casi inmóvil buscando momentos y sosteniendo la cámara, así que me morí del frío cuando empezó a hacer viento. Regresé a la universidad, luego a la casa. Pasé la noche editando, pensando. Me acosté a la mañana siguiente.

A veces siento que absorberme (ad)mirando y recordando tal vez no es más que otro de mis tantos egoísmos y me cuestiono si realmente tendrá sentido sacrificar tiempo de contacto humano por tener momentos prolongados de soledad para perderse en el tiempo. Muchas veces, aunque me pese, creo que no. En esos momentos en los que elijo mi soledad, se me hace tan difícil vivir conmigo y mis decisiones… lo único que me calma es salir a caminar y, sin darme cuenta, continúo hundida en el ciclo hasta que alguien, con afecto, me redime y me recuerda el orden de la vida, que quizás de lo único que se trata todo este desfile de días y semanas sea de un darse al otro, ese otro de tantos rostros y tantas voces.

Tantas veces me han salvado esos ojos ajenos de perderme en mí misma que ya viene siendo tiempo de devolver esa ternura, diga, Proaño, actúe y deje de botar palabras huecas.

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