te acurrucaste
como una selva virgen
en mis manos
sin dudar
de mí
de lo que me he convertido
por renunciar a todo
lo que me mantenía con los pies
firmes
creyentes en el afecto
y cerraste tus ojos
sin pensar en cuánto
me ha desfigurado el pulso
el haber desembolsado tantas monedas
ardientes
a cambio de un poco de silencio
y de vacío

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