Cobardías

Tengo miedo de las multitudes y de los condominios
porque atropellan la belleza
con sus trajes luminosos
y sus fachadas idénticas.

Tengo miedo de sus moldes
porque ahuyentan a las aves de la aurora
y rompen el silencio con el que 
se recibe a la luna.

Sus pasos abren grietas incurables
en las risas de los niños
porque reemplazan sus juegos
con las horcas del éxito y del futuro.

Tengo miedo de su peso,
de la mayoría que representan,
porque satanizan la soledad,
el llanto,
la ternura,
los sueños,
la existencia.

Tengo miedo de sus labios
de arenas movedizas,
de sus ojos vacíos,
de sus paredes muertas.

Tengo miedo de sus estrategias,
de sus dioses,
de su horizonte.

Me aterran sus diagnósticos,
sus clasificaciones,
sus soluciones,
sus deleites.

Tengo miedo de sus delirios de autenticidad,
de sus vidas de ladrillos,
de sus intenciones mimetizadas
en sus dientes blancos
y sus ventanas entreabiertas.

Tengo miedo de que me traguen vivo.

Tengo miedo de sus siglas en inglés,
de sus frases de cajón,
de sus afilados índices,
de sus ritos precoitales,
de sus paquetes todo incluido,
de sus áreas comunales,
de sus aires de cementerio,
de sus pies perfumados,
de su sudor maquillado
con clorhidrato de aluminio,
de sus poros sedados
de tantas negativas,
de sus bibliografías,
de sus superlativos.

Prefiero
refugiarme en los abrazos espontáneos,
en las palabras que no tienen miedo
de cautivar el tímpano,
en el cantar de los grillos y de las ranas,
de las cuerdas y de los saxos,
en el regazo de las montañas,
en el viaje de los ríos,
en la historia de tus manos.

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